MOTOS NO
Cuando mi viejo quería darse un gusto o hacer un gasto importante, nunca jamás mi vieja se opuso. Nunca. Ni con las remodelaciones en la casa, ni con los equipos de música, ni con los cambios de auto cada dos años porque «se le caía el modelo». En los setenta no éramos millonarios, pero papá era el «dentista de moda» en la ciudad y laburaba mucho. Y le encantaba gastar lo que ganaba en la familia, para mamá, para nosotros los hijos y para sí mismo. Eso sí, compraba de todo menos lo aburrido, como ropa o zapatillas. En casa había equipos de música, televisores en cada habitación, filmadoras y hasta lavavajillas. En el garage, por supuesto, autos: nunca más de dos, pero tampoco más viejos que un par de años. Rambler, Ford Fairlane, Torino, Chevy, los top-top de la época. Pero motos no. El viejo estaba emperrado en repetir su infancia o al menos compensar sus carencias. Él, sus dos hermanos y su madre la pasaban bien mientras su padre (odontólogo de moda también) estaba vivo, proveía lo...