MOTOS NO
Cuando mi viejo quería darse un gusto o hacer un gasto importante, nunca jamás mi vieja se opuso. Nunca. Ni con las remodelaciones en la casa, ni con los equipos de música, ni con los cambios de auto cada dos años porque «se le caía el modelo». En los setenta no éramos millonarios, pero papá era el «dentista de moda» en la ciudad y laburaba mucho. Y le encantaba gastar lo que ganaba en la familia, para mamá, para nosotros los hijos y para sí mismo. Eso sí, compraba de todo menos lo aburrido, como ropa o zapatillas. En casa había equipos de música, televisores en cada habitación, filmadoras y hasta lavavajillas. En el garage, por supuesto, autos: nunca más de dos, pero tampoco más viejos que un par de años. Rambler, Ford Fairlane, Torino, Chevy, los top-top de la época. Pero motos no.
El
viejo estaba emperrado en repetir su infancia o al menos compensar sus
carencias. Él, sus dos hermanos y su madre la pasaban bien mientras su padre
(odontólogo de moda también) estaba vivo, proveía lo suficiente y un poco más.
No había televisores, porque no existían, pero sí radios, fonógrafos y otros autos.
Y una moto, sí. Una Norton 500cc.
Pero
mi abuelo murió de un momento para el otro, cuando su hijo mayor (mi viejo)
recién tenía 15. El cuento familiar se volvía remanido en las mesas de mi
propia infancia: que quedaron en la calle en cuestión de meses, que tuvieron
que vender casi todo, que la abuela tuvo que salir a trabajar y él quedó como
«hombre de la casa» antes de tiempo. Entre las cosas de mi abuelo que fueron a
la olla había una caja con muelas de oro del consultorio, varias armas de
distinto calibre y por supuesto la Norton, esa que mi viejo, para los 15, jamás
llegó a montar. «Ya les voy a comprar una moto», prometía, en un intento por
alejar los fantasmas de repetir la historia de su padre, esa de irse demasiado
pronto.
Intentó
concretar un sábado. Los sábados a la mañana eran peligrosos para las finanzas
familiares: el viejo se iba tempranito a ver a algún paciente operado y para
las diez y media, once, ya estaba disponible para gastar plata en algo. Si
pasaba por Panelli se venía con algún disco, amplificador o guitarra, o se iba
a Régoli a conocer lo último de Chevrolet o se iba a Zanconi a comprar los
pisos para el quincho, que nunca se pusieron. Un embole el corralón, nada
comparable con la música o los fierros. En general eran visitas sociales:
estaba horas sentado con los dueños de esas empresas, gran parte de los cuales
eran pacientes suyos. Con ellos regateaba los descuentos para sus respectivos
productos: autos, discos o dentaduras completas. Aun así, mi viejo siempre
quedaba abajo en el intercambio y solía endeudarse fuerte, a puro pagarés y
cheques voladores, lo que calmaba las ansias consumidoras durante meses.
Un
sábado a la mañana nos subió al auto a mi hermano mayor y a mí y nos fuimos al
local de otro paciente de él: Eros Onoratti, en Casanova al 300. El tipo corría
en motos y las vendía. En el medio del local, una Jawa 350cc modelo 634 de
color bordó y el tanque cromado. Era hermosa, de tan fea. Cuadrada, simple, como
casi todo lo que venía del Este. Y para mis 14 años, también me resultó imponente.
Ese verano había pasado unos días en lo de una familia amiga en Saldungaray y
los hijos me enseñaron a manejar otra Jawa, la 250cc azul, en la que nos íbamos
al boliche por el camino de tierra en Sierra de la Ventana. Esa mañana en lo de
Onoratti, «la 350» me parecía enorme al lado de aquella azul, pero a mi viejo y
a mi hermano no, y ganaron la votación 3 a 1. El tercero, claro, fue el voto
del vendedor, que nos encajaba el modelo más grande y más caro. Se firmaron
unos papeles, papá puso una plata y nos volvimos a casa con esos recibos y el
manual con foto a color de la moto, porque a la Jawa nos la iban a entregar unos
días después, cuando llegara la patente.
Recuerdo
esa felicidad, ya casi teníamos moto. Nunca pensé que en ese «casi» se colaría otro factor:
mi vieja. Mamá jamás se había opuesto a
un gasto del viejo, a un regalo o a cualquier gustito. Hasta ese sábado a la
mañana. Se desencajó de sólo ver las fotos del manual. «Motos no», adelantó,
antes de encerrarse con su marido, que era mi padre, por una hora completa en
la habitación. Mi hermano y yo, en el pasillo. La discusión atravesaba la
puerta, intentaba ser en voz baja, pero fracasaba. En los últimos diez minutos,
las negociaciones se hicieron inaudibles. Yo creo que mi vieja, en ese momento,
apeló a sus peores cartas, porque mi viejo salió de la habitación y repitió la
sentencia: «Motos no». Nunca lo había visto recular en una contienda verbal como
reculó ese día.
El
lunes fuimos a reclamar la seña y a deshacer el negocio. No sé si fue ahí o
después que papá me prometió insistir con la moto para mi cumple dieciocho.
Me
enojé mucho con mamá después de eso y se lo decía. Su respuesta era siempre la
misma: «Dios tiene un plan para vos y no es arriba de una moto». En el fondo,
creo que ella vivía pre-ocupada por sus hijos, es decir, se preocupaba con
antelación por casi todo y de esa manera se ahorraba la ocupación. Una moto era
una carga enorme de pre-ocupación. Por eso, motos no.
Cuatro
años después, en mi cumple dieciocho, la situación en casa era distinta: mis
viejos se estaban separando y el «no» se extendía a casi todo. De la promesa de
la moto, ni noticias. En una extraña mutación del objeto iniciático para la
mayoría de edad, el viejo me dijo: «Voy a regalarte una carabina». No le di
bola, pero lo hizo, veintidós años después. Eran mis cuarenta, yo ya tenía dos
hijas y no esperaba nada de casi nadie. El viejo se apareció en mi departamento
de divorciado con una carabina Brno CZ calibre 22 flamante, simple, precisa.
«¿Te acordás que te prometí la carabina en vez de la moto? —me dijo ese día—.
Tardé un poco, pero acá está». Me emocionó ese gran gesto paterno, absorbí esa
hermosa lección de vida, pero nada me chupaba más un huevo que una carabina. De
todas maneras, tomé nota de una curiosa coincidencia: tanto la moto Jawa como
la carabina Brno eran de Checoslovaquia. Rústicas pero confiables. Bien hechas.
Y fin de la coincidencia, esta parte no tiene remate. Una boludez.
El
caso es que fui un par de veces con la carabina al Tiro Federal, descerrajé
unos disparos bastante cerca del blanco, compré una funda, la mandé al fondo
del placard y seguí con mi vida sin balas ni dos ruedas.
Años después conocí a mi actual mujer. En las
primeras charlas, ese intercambio de fichas técnicas que hacen los que recién
se conocen, largué las mías: «Tuve educación católica, pero soy agnóstico».
«Ando en auto, pero me encantan las motos».
—Motos no —me dijo.
—Freud, teléfono —dije.
Terminamos comprando un Jeep y divirtiéndonos
un montón por muchos lados sobre cuatro ruedas grandotas.
En
una mudanza emergió la carabina desde el fondo del placard, en el cuarto de
invitados. Mi jermu repitió, como un mantra: «Armas no». Y yo la vendí sin más:
corrí la voz entre amigos y en poco tiempo apareció un comprador.
Y
fue, cómo no, un sábado a la mañana. Todo en esta historia pasa un sábado a la
mañana. Voy hasta lo del comprador, entrego la carabina y me dan unos billetes
verdes. Y como es sábado y no trabajo, me quedo tomando mate y charlando de
armas y autitos. Cuento que necesito un repuesto viejo para el Jeep ídem. «Fulano
lo debe tener», me dicen. Y me dan la dirección. Voy a lo de Fulano, un anciano
terroso con media manzana de galpones oxidados llena de partes de autos que ya
no existen. Tiene el repuesto. Se lo compro. Más mates, más charlas de fierros.
Sábado de gloria. Al final, como despidiéndome, le digo:
—Pero
a mí, en el fondo, me gustan las motos.
Me pregunta cuál tengo,
le digo que ninguna y no sé por qué hablo del Incidente Eros Onoratti. El
anciano se me queda mirando y me dice: «Seguime». Me lleva a un galpón, a un
patio y a otro galpón, bien adentro de la media manzana. Y ahí, entre cajones y
motores y bajo una capa de polvo así de gruesa, la Jawa 350cc modelo 634 de un
hermoso color bordó y tanque cromado.
—Años
ahí tirada —me dice.
—¿Qué
pedís? —pregunto.
—¿Qué
ofrecés? —repregunta.
Meto la mano en el
bolsillo: los dólares de la carabina. Son pocos, pero me juego:
—Tengo
esto —digo.
—Son
pocos —contesta.
—Pero
me juego —completo.
—¿A
qué? —me pregunta.
—A que en una de esas no arranca —digo.
El anciano agarra los
billetes y un par de horas después tengo la moto en la cochera. No arrancó. No
importa: con la plata de una carabina checa que nunca quise tener, la moto
checa que siempre quise tener. Círculo perfecto.
Le
saco una foto. Papá no iba a verla, había muerto dos años antes, superando en varias
decenas la edad que se fue su propio padre. Toda una vida temiendo repetir la
historia del abuelo y lo hizo en partes : no se fue joven, me dejó un arma,
pero moto no.
Le
mando la foto a mi vieja y la llamo al toque.
—Hola,
Mamá. ¿Qué hacías?
—Rezaba
y pedía por mis hijos —me dice.
—Al
pedo, vieja. No tenemos salvación.
—Vos
siempre el mismo hereje.
—¿Viste
la foto que te mandé?
—Sí,
una moto… ¿qué hacés con eso?
—¿Vos
te acordás que hace más de cuarenta años discutiste con papá porque compró una
moto y vos no querías motos en casa?
—No,
no me acuerdo.
Paso a contarle toda la
historia: el sábado a la mañana, Onoratti, el manual con las fotos a color, la
discusión detrás de la puerta, el regreso sin gloria de la seña. Me extiendo a
la carabina, el repuesto del Jeep, los galpones.
—No me
acuerdo —repite.
—Pero
la concha de Dios —digo.
—No
blasfemes en nombre del Señor. Además… ¿qué tengo que ver yo con todo esto?
—Que
impediste que yo tenga una moto y ahora la vida me la pone de nuevo en mi
camino. Un círculo, vieja.
—Hablando
de la vida, voy a seguir rezando para que no la pierdas con ese cacharro.
Conozco a la vieja.
Quiere cortar. No la dejo.
—No te
preocupes, no arranca. Pero vos me decías que Dios tenía un plan para mí y que
no era arriba de una moto.
—No te
entiendo ni palabra.
—La
concha de Dios —repito.
—Vos
siempre el mismo hereje.
—No
importa, vieja —me resigno—. ¿Cómo andás? ¿Preocupada como siempre?
—Por
supuesto, por eso estaba rezando.
Quiere cortar.
—Vos y
tus creencias… —digo.
—Vos y
tus círculos —dice. Y me corta.
Me quedo un rato en la cochera, mirando la
Jawa. Es hermosa, de tan fea.
Mi viejo cargó setenta años el miedo a irse
temprano, como su padre. Yo cargué cuarenta el «motos no», como quien lleva otro
nombre. Mi vieja me bautizó con él un sábado a la mañana, y hoy ni se acuerda.
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