Wekufü en el humo y la mañana
" Wekufü en el humo y la mañana "
19 de Mayo de 1859: el alba tras el
malón y una mirada a través de la ficción
Este ensayo - cuento
recibió el "Premio Municipal al Fomento Literario 2001"
de la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Bahía
Balnca
WEKUFÜ como la esencia de un suceso
doloroso,
vivido en forma intensa.
WEKUFÜ
como lo opuesto a Ngenechen,
que
es construcción y vida.
WEKUFÜ
actual o como un hecho remoto,
pero que
ahora es presente en la memoria.
Leemos nuestra historia en letra chica y uniforme. La vemos desde
arriba, como en una torre, bien lejanos los
ojos del papel y de los hechos. Todo lo que pasó hace más de cien años
es un punto remoto en la memoria. Así,
recitamos casi mecánicamente fechas de batallas con cifras de cientos o miles
de víctimas, sin detenernos a pensar en que estamos hablando de cientos o miles
de personas como nosotros, de carne y hueso, con afectos y soledades, con
esperanzas y desilusiones. Vidas, en definitiva.
Es posible tender un puente de acercamiento
hacia ellas; tal vez haya una manera de comprender lo que sentían quienes nos
precedieron, ensayando una historia dentro de la historia, un dimensionamiento
más humano de los protagonistas, con sus grandezas y bajezas, con sus aciertos
y errores. Imaginar lo que puede haber sido en base a lo comprobado, es de
alguna manera, acercarnos a esa realidad. Es situarnos al nivel de sus ojos, ver lo que ellos
vieron, entenderlos.
Las paredes
degradadas del viejo Fuerte soportaban los vientos de las llanuras con precaria
resignación. El sol del crepúsculo
coloreaba los muros con una luz irreal, profundizando sus grietas y realzando
las imperfecciones del adobe.
Huircán, el indio, atravesaba el
patio central sintiéndose tan viejo, gastado y seco como las murallas que lo
rodeaban. Su figura curvada, su poncho raído, su piel árida, convertían esa
imagen en una metáfora de la decadencia que había envuelto a su raza. Aquellas
piernas fuertes que años atrás abrazaban el pecho de su bayo al galope, sólo
conservaban hoy una curvatura deforme, como si recordaran a ese pingo, como si
aún lo esperaran. Su encendida mirada de guerrero se había ido apagando
lentamente, ahogada por el manto blanquecino de una vejez derrotada. Todo su
rostro cansado adquiría paulatinamente el aspecto de la pampa, maldita y
querida región que lo había visto nacer, luchar y perder. Su rostro y su pampa
padecieron los mismos vientos inclementes, los mismos soles tiránicos, las
mismas lluvias tardías, las heladas de agosto, los fuegos de enero. Su rostro y
su pampa vieron morir a sus hijos, absorbieron juntos sus gritos y ahogaron su
propio llanto. Su rostro y su pampa, surcados de sangre y lágrimas, golpeados
por el eco de los fusiles disparados y el quejido de las lanzas quebradas,
mostraban en sus agrietadas superficies las huellas de aquellas luchas
cruentas. Luchas que para Huircán ya eran recuerdo mientras atravesaba el
polvoriento patio del Fuerte, rumbo a la comandancia.
"Tierra
adentro" era el nombre que daban los huincas al territorio nativo de la
pampa y el norte de Patagonia, en donde se luchaba con el indio o se convivía
con él. Allí estuvo Bahía Blanca durante el siglo XIX: bien "tierra
adentro". Creada en 1828 para situarse estratégicamente entre los fuertes
de "Independencia" (en Tandil) y "Del Carmen" (en
Patagones), sirviendo de base defensiva para un nuevo puerto que en algún
momento intentó llamarse "Esperanza".Pero los años posteriores a la
fundación habían sido difíciles: sequías, pestes y malones fueron alguna de las
desventuras que debían sufrir los primeros habitantes que decidieron
desembarcar en ese sentimiento.
Las
cosas no andaban especialmente bien aquel otoño de 1859. Al viento y al frío se
les sumaban los asuntos de los hombres. De la remota Buenos Aires sólo llegaban
complicaciones: las luchas entre el gobierno de Rosas y la Confederación habían
debilitado la línea de fuertes y fortines, haciendola más inestable. El
comisario pagador que no llegaba, quedaban pocas yegüas para la carneada, y la
tropa en chiripá y sin papel para liar. Bahía Blanca era apenas una aldea con
pocas casas de adobe y paja frente a las murallas del Fuerte, construcción que,
como diría el ingeniero Carlos Pellegrini,
aparecía como un "cuadro
bastionado con ángulos salientes, con murallas que se van disolviendo con cada
aguacero, una caricatura de fuerte que no impide que los indios se lleguen
hasta sus cercanías para llevarse todo."
La puerta de la comandancia estaba abierta y el indio se detuvo sumiso
en el umbral.
-" ¿ Me
llamó ? "- preguntó Huircán con voz cascada.
El coronel José Oligario Orquera,
comandante a cargo de la Fortaleza
Protectora Argentina, no contestó ni levantó su
vista de los papeles que ocupaban su atención.
-" Diga usted... "- insistió Huircán, ante la indiferencia
de Orquera.
-" Ah, sí... "- masculló el coronel distraídamente, sin
apartarse de sus documentos. No agregó
más.
La brisa de Mayo
siguió entrando por la puerta abierta de la comandancia. Huircán seguía de pie,
manso como la tarde, esperando alguna respuesta de Orquera. El indio se había
formado una opinión de cómo era el nuevo comandante de la guarnición, aunque
apenas habían pasado pocos meses del arribo de éste a Bahía Blanca. Altivo y
prepotente, parecía estar permanentemente fastidiado por la aridez de su
destino, esa Fortaleza Protectora Argentina cuyo nombre parecía más sólido que
su endeble realidad.
Para una aldea que había visto emerger sus
exiguas casas a la sombra del Fuerte, todo lo que ocurriera dentro de él no le
podía ser indiferente. Cuando algunos de los pobladores conocieron al nuevo
comandante, presintieron enseguida que no se llevarían bien y se lo comentaron
a sus vecinos. Tal vez el coronel Orquera sentía esta designación como ún
inexplicable castigo: no perdía ocasión de hacerle saber a quien fuera, que él
no debería estar allí, "tierra adentro", rodeado de indios desertores
y gauchos ladinos, sino que se sentía merecedor de campañas y glorias más
brillantes. Estaría convencido - como muchos de su generación - que el modelo
de civilización era el europeo, y que indios y criollos formaban parte de la
barbarie.
Para los pobladores, cuya morada en esos
pagos había sido elegida y no impuesta, dicho sentimiento les resultaba
inadmisible, ya que se contraponía a su sangre y al apego a esas llanuras.
Ellos experimentaban en sus espíritus la rudeza de los conquistadores y la
simplicidad de los pioneros; las luchas contra el indio, los vientos, las
heladas, el salitre, la total falta de hospitalidad de la tierra que se habían
ganado a fuerza de agrestes sacrificios, parecía moldear el carácter de esas
gentes, impulsándolos a ser más hoscos, cerrados y fríos, pero inevitablemente
unidos a lo suyo.
El viejo indio seguía
allí, sin impacientarse, sin pensar en nada.
-
" Ah, sí...-repitió Orquera, por fín mirándolo- Decime Huircán,
¿está a mano el
tordillo? ".
- " Y... no. Está en el aguada. Pero acá en el corral tengo el zaino
..."- El precario español del indio se desgajaba lento con cada palabra.
- " No, no...quiero el tordillo. Andá a buscarlo, ensillalo
y traemeló. Y hacelo rápido, no te
quedés vagueando por ahí ¿ me oís
?."
El viejo masculló un
" sí señor " y se fue pensando en aquellos años pasados en los que a
un soldadito de escritorio como ese lo hubiera atravesado con su chuza en la
primera carga. Pero, ¿ qué podía hacer ?. Huircán, el Indio, hacía tiempo que
era una sombra de lo que fue.
Nacido y criado bajo
un nombre distinto y olvidado en las tolderías de Salinas Grandes, fue el
guerrero preferido de Rondao, el jefe de la tribu, y todos daban por seguro que
sería su firme sucesor. Con él aprendió a cabalgar con la lanza en ristre, a
revolear boleadoras, a domar un potro de abajo y a acercarse al ñandú con el
viento en contra. Ya adulto, junto a él embistió en su primer maloca y tomó sus
primer cautiva. Cabalgando rodilla a rodilla, sintieron juntos la poderosa
sensación de herir la pampa al rastrillar el desierto arrastrando sus tacuaras.
Por Rondao, Huircán acunó sueños de gloria bajo el cuero de su carpa.
Hasta que apareció en
Masallé un cacique huillche que venía de más allá de las montañas, un auténtico
gigante de mirada profunda y el rostro surcado por un sablazo. Dos pájaros
negros precedieron su llegada, el grito de sus guerreros la enmarcaron, y la
muerte sin lucha de Rondao fue el principio del fin para las ambiciones de
Huircán, su protegido, quien al conocer al nuevo cacique supo que tarde o temprano
deberían enfrentarse, aunque fuera inevitable su propia derrota: el huillche
estaba protegido por los dioses y se sabía inmortal. Huircán lo vió aparecer
entre los toldos montando un bagual de sueños, vistiendo su coraza impenetrable
de siete capas de piel de cisne pintadas en franjas rojas y blancas y con una
piedra verde azul colgando del cuello. Algunos decían que esa piedra la había
encontrado en los riñones de su mejor caballo, muerto por una bala perdida
durante un enfrentamiento con el blanco; otros, que se la había dado un viejo
kal'ku luego de una prolongada estadía en una cueva de hechiceros, en donde
aprendió los antiguos ritos de los antepasados. Huircán no sabía cual de ambas
versiones era la verdadera; lo cierto para él era que esa piedra proveía al
cacique de misteriosos poderes para sus batallas y le permitía enterarse de
todo lo que pasara en la Salina, ya que gracias a ella descifraba el lenguaje
de la tierra, el canto del viento entre los pastizales y los secretos que le
traían los animales de la llanura. Y era ese inquietante talismán el que además
le daba nombre al imponente guerrero: Calfucurá, piedra azul.
Calfucurá se instaló
en las Salinas Grandes como líder indiscutido y poco tardó Huircán en
enemistarse con sus capitanejos, quienes provocaban permanentemente a los que
habían sido de la confianza de Rondao, el cacique derrocado. Fue en el
siguiente Guillatrun cuando derribó de un bolazo a uno de ellos, al interrumpir
éste con su risa estridente el canto ancestral del clan, que un hermano de
Huircán entonaba junto a la hogera. La pelea fue corta pero brutal; varios
participaron del entrevero, mas fue Huircán quien recibió el mayor castigo.
Pero como era el día de adoración a Ngenechen, Calfucurá se sintió generoso y
simplemente lo expulsó de las tolderías, autorizándole a que se lleve su
caballo pero prometiéndole una muerte segura si
regresaba a las Salinas.
Días después lo
encontraba una partida de la Guardia Nacional,
desmayado por la sed, el hambre y las heridas, perseguido por los
caranchos y con el cuerpo aún pintado con los colores rituales del Guillatrun.
El cabo a cargo del pelotón se apiadó de él y decidió trasladarlo al Fuerte,
para después quedarse con su caballo. Como el indio no articulaba palabra, el
lenguaraz de los milicos lo rebautizó Huircán ("pintado"), y ese fue
el nombre al que respondió desde entonces, cuando el instinto de supervivencia
le indicó quedarse junto al blanco.
La frontera entre indios y blancos no sólo
era difusa en lo territorial, sino también en sus características raciales. La
interacción entre ambas culturas era continua. Había chasquis, lenguaraces y
baqueanos que prestaba servicios al ejército. Había gauchos escapados de las
"levas" o simples fugitivos de la ley que vivían entre los indios.
Había contacto entre las tolderías y los asentamientos de colonos por el
comercio del tabaco, la yerba y el alcohol. Había tribus enteras que se
convertían en lanzas amigas frente al ataque de otras tribus.
Totalmente ajeno a ésta suerte de contacto transcultural
se sentía el europeo puro o el "porteño" europeizante, que incluía a
indios y gauchos en su concepto de barbarie.
Huircán intententaba
ahora recordar su antiguo nombre, mientras cruzaba el patio de la Fortaleza
Protectora Argentina. No pudo hacerlo. Veinte años había estado sin escucharlo
ni preocuparse en darlo a conocer. Veinte años de convivir con el huinca y
aprender su idioma para convertirse ante su propia conciencia india en un
simple desertor. Para él, no era consuelo saber que había muchos en su misma
situación: sólo en Bahía Blanca, más de 50 guerreros de los caciques Linares y
Ancalao peleaban contra Calfucurá. Quizás ellos habían comprendido que el
eterno dominio de la llanura por el indio había llegado a su fin y que lo que
el blanco traía a estos pagos (ciudades, ganado, cultivos y aguardiente ) iban
a ser las únicas cosas que con el tiempo podrían asentar las arenas del
desierto. Mejor estar del lado del que va a ganar, pensarían. Siempre es mejor
ganar.
Pero Huircán no se
unió a otros de su raza. Nunca volvió a empuñar una chuza ni a montar un bagual
desde que fue encontrado, pintado y agonizante, a escasas leguas de la aldea.
Su cuerpo se recuperó en poco tiempo, pero su espíritu quedó en las tolderías,
demasiado seco de muertes, luchas y lanceadas como para cabalgar otra vez.
Ahora no creía servir para otra cosa que no sea oficiar de mandadero. A cambio
de techo y comida, atendía los caballos, alistaba los aperos y preparaba el
adobe en el pisadero que estaba frente a las puertas del Fuerte. En los últimos
meses, su principal tarea era cebarle unos mates en la comandancia al coronel
Orquera, quien parecía tener una especial predilección por los que preparaba
Huircán.
La escena era siempre
la misma: el indio de pie, cebando mates sin probar ninguno y el coronel en su
escritorio, sumergido en sus documentos. Si bien este capricho de Orquera lo
liberaba de tareas más pesadas como la de carnear alguna yegua o el adobado
permanente de los ranchos, tenía la contrapartida que lo dejaba en el epicentro
del malhumor del comandante.
Esa tarde de Mayo,
buscando el tordillo del Comandante, Huircán arrastraba los pies camino a la
aguada, algunos cientos de metros por detrás del Fuerte. Cuando llegó frente a
la quinta de los Cepeda, escuchó un murmullo de malezas a su lado. Entre los
pastizales, con el rostro transpirado y la respiración agitada, apareció el
gallego Angel Mora. Huircán lo había visto un par de veces en el almacén de la
viuda Iturra y en rigor de la verdad, solía estar siempre bastante bebido.
Ahora parecía como si hubiera visto fantasmas, su expresión era de terror
contenido y su apuro semejaba una huida. Cuando vió a Huircán pareció
sorprenderse, abrió los ojos aún más y por poco tropieza con sus propias
piernas. Pero reconoció al indio en el instante siguiente.
-" Ah... pues...yo...- masculló Mora, en su apuro, para después
decidir que no debía decir nada más y retomar atropellado su camino. Se dirigía
al Fuerte.
Huircán no se inmutó
por el encuentro ni le movió a reflexión alguna; siguió su paso tranquilo hacia
el aguada, donde encontró sin problemas al tordillo del comandante. Le colocó
el cabezal que había llevado consigo y emprendió el regreso tirando de él.
Además de arrebatarle el nombre, el sufrido paso de los años y el casteñeteo de
sus huesos le habían hecho olvidar lo que era montar un pingo. Mientras
caminaba, Huircán miró sus pies, cada año más cercanos. Tampoco recordaba el
momento en el que se había puesto por primera vez esas botas de potro, que le
separaban la piel de su ñuke mapu.
Cuando traspuso la
entrada de la Fortaleza, lo primero que oyó por sobre el ulular del viento
fueron los gritos del gallego Mora. Este se encontraba ahora dentro de la
comandancia, pero por instantes se salía de ella y volvía a entrar para salir
una vez más, siempre haciendo ademanes exaltados, golpeándose con impaciencia
las manos en sus costados y señalando nervioso el horizonte tras de las
murallas. Hablaba con atropello, mezclaba su dialecto de español de nacimiento,
rociaba con saliva espumosa sus labios. Dentro del cuarto, un Orquera oculto a
los ojos de Huircán respondía con voz queda a las precipitadas palabras de
Mora. El indio tampoco alcanzaba a oír lo que el comandante decía, tapados los
sonidos de la tarde por los gritos del gallego.
-" Le digo que se vienen, comandante, se vienen. No..., no los ví
a ellos directamente. Pero había dos bomberos con lanza cerca del arroyo...sí,
sí. Pues que no eran zaparrastrosos, eran lanceros, seguro. Pues que tenían
tacuaras y boleadoras, las ví... Yo estaba medio oculto por el monte, me había
tirado por ahí ¿ me entiende ?, mientras pastaban un poco mis vacas me había
tirado por ahí. Había tomado un poco, es cierto, pero no estaba borracho, no...
y entonces me salí de atrás del caldén y allá estaban ellos dos en una lomada y
cuando me vieron se sorprendieron y parecía que se me venían y me asusté.
Empecé a correr antes de que se les ocurra nada, pero como ellos tenían que
cruzar el arroyo para alcanzarme y yo me metí entre los espinillos, dieron
media vuelta y se fueron... Sí, sí... se fueron. No, no me hicieron nada,
hombre. Se han dado vuelta y listo, se fueron. Pero yo corrí unos metros y miré
para atrás, por dónde se habían ido. Rumbearon para el Norte y ¿sabe? Ahí
ví...no tengo dudas. La nube...sí, era una nube, una nube de polvo que era
ancha como el horizonte. Tapaba la sombra de las sierras... le juro comandante,
enorme. Me dió terror, estaban por todos lados. Entonces pegué la oreja contra
el piso y se sentía como un temblor... un temblor de la tierra, comandante ¿me
entiende?. Como que todo se movía sin moverse, ¿se da cuenta?. Creamé, hombre:
se vienen. Haga algo, que se vienen. Deben ser cinco mil, lo menos...digo yo,
por el temblor y la nube..."
Huircán ya se había
acercado lo suficiente como para oír también las palabras de Orquera. Este se
había levantado de su silla, le había puesto una mano en el hombro al asustado
poblador y lo empujaba suave pero resuelto fuera de la comandancia.
-" Mire, Mora. Entiendo su preocupación. No le digo que no haya
visto lo que vió, pero a veces no todo es lo que parece ¿ verdad ?. Es
imposible que haya un ataque en estos días. Está todo controlado. Después de lo
de Azul, Calfucurá no tiene con qué venirse ¿me entiende?. Además, hace pocas
semanas mandó a algunos de sus capitanejos a llevarse algún ganado y
aguardiente y nosotros le dimos todo lo que pidieron, así que..."
-" No importa, no importa... le digo que yo ví lo que ví. Se
vienen, creamé. Por más que usted le haya dado unas vacas, igual se vienen. ¿O
no sabe que estos indios son unos ladinos?. Si pueden lo lancean por la
espalda."
Mora terminaba de
decir esto cuando cruzó su mirada con la de Huircán, de pie en medio del patio,
esperando órdenes con el tordillo agarrado del cabestro. El gallego desvió sus
ojos nerviosos. Nunca le había gustado este indio, ni ningún indio en
particular. Es más: los detestaba. Tenía que soportarlos merodeando siempre su
ganado y resignarse a que le roben una vaca de vez en cuando. Sabía que eso era
parte del pago por la precaria paz que se vivía en la frontera, pero no la
toleraba. Y no podía explicarse cómo el Gobierno no se decidía de una vez para
siempre acabar con esas bandas de rateros a caballo, atacando sus piojosas
tolderías y obligándolos a llevarlas más allá del Río Negro.
Orquera ya había
secado a Mora de la comandancia, con sólo el poder de su voz tranquila y una
mano en su hombro. Pero el gallego se dió por vencido recién cuando comprendió
que no podría penetrar la indiferencia del comandante.
-" Está bien está bien. ¿Usted no me cree?. Ahora mismo me voy
para hablar con los gringos. Esos sí que van a hacer algo."
-" Haga lo que quiera."- contestó el comandante, ahora
irritado por la mención de " los gringos ".
Mora se marchó, sin
siquiera saludar.
-"¿Y vos qué mirás?"- agregó Orquera, dirigiéndose al indio
con un fastidio orgulloso.
Huircán no contestó.
Un movimiento oscuro en el cielo había llamado su atención. Lo que vió no lo
sorprendió en absoluto: dos pájaros negros trazaban círculos irregulares sobre
sus cabezas, sobre el Fuerte, sobre el pueblo todo. Orquera también alzó sus
ojos al cielo, pero sólo vió nubes.
-"¿Qué mirás, che?" - repitió Orquera.
Huircán demoró otro
siglo en contestar.
-" Es él, que está llegando "- dijo.
Luego, el viejo indio
se dió vuelta y se dirigió a su rancho, dejando al comandante en la puerta del
despacho, a solas con su debilidades.
"Los gringos" eran los soldados de la Legión Agrícola
Militar Italiana, formada por un acuerdo entre gobiernos y dedicada a conquistar
las tierras del indio con el rifle, para después hacerlas propias con arados y
semillas. Sus filas estaban conformadas en su totalidad por italianos, rudos
soldados-campesinos dispuestos tanto a cumplir los designios de la guerra como
a esperar las lluvias que engordaban las cosechas. Habían desembarcado en el
muelle de madera con los primeros calores del
'56, pocos días antes de la epidemia de cólera que matara a cientos de
los habitantes del pueblo. Los italianos se asentarían a algunas leguas del
Fuerte, frente a las orillas del Sauce Chico y al pie de un paisaje de siete
lomas al que bautizaron "Nueva Roma". Sin embargo, poco después
regresarían a Bahía Blanca para instalar cuartel frente a la plaza principal,
allí donde después se levantaría el edificio de la Municipalidad. Su bandera
era azul y blanca argentina, con las armas del estado de Buenos Aires y el asta forrado de terciopelo verde con
galones de plata; de la lanza pendía una cinta verde (referencia a la bandera
italiana) en donde podía leerse el lema "Con
Questa Bandera Vincerai"
En
la aldea todos sabían que esta Legión, junto a los escasos doscientos efectivos
de la Guardia Nacional (que se no llegaba a completar una tropilla de cien
caballos), la treintena de menesterosos soldados de guarnición destinados a la
Fortaleza y los impredecibles indígenas amigos, se encontraban en su conjunto
bajo el mandato teórico del comandante Orquera. Pero quedaba claro que, en la
práctica, todos se manejaban según las órdenes de sus líderes naturales,
quienes no se resignaban a subordinarse a él.
Por eso cuenta la crónica que el gallego Mora desafió la
supuesta autoridad de Orquera y se encaminó sin más al despacho del Coronel
Susini, quien cargaba por ese entonces con el mando de "los gringos".
Alguien iba a creerle. Si no eran "los gringos" serían los paisanos
del Café Imperiale, una cuadra más allá del cuartel de la Legión, lugar adonde
pensaba dirigirse para sofocar sus temores con unas ginebras. Los indios se
venían, tan inexorables como la noche, y había que presentar batalla.
En el Fuerte, Huircán terminó de
ensillarle el tordillo al Comandante, quien lo montó y salió a la plaza con un
galope corto, para su habitual e innecesaria recorrida por la aldea.
La tarde ya había parido a la noche
cuando la presencia ominosa del silencio se filtró en cada rincón del pueblo.
Afuera del Fuerte, las terrosas calles quedaron vacías y los hombres en sus
casas preparaban los fusiles, besaban a sus mujeres o mascullaban olvidadas
plegarias. Algunas sombras de uniforme se deslizaban de un lado a otro dando
órdenes, palmeando espaldas y disimulando sus propios temores. Otros, todavía
no creían. No habían querido oír ni la historia que el gallego Mora contó en el
Imperiale (entre demasiados vasos de ginebra), ni la muda advertencia de la
Muerte que flotaba en la quietud del aire.
En la Fortaleza, Huircán vió
regresar al coronel de su recorrida, y supo que algo en él se había oscurecido.
Así como el día se plagaba de penumbras con la noche, el rostro de Orquera se
adivinaba opacado por la opresión de su espíritu.
-" Vení
a cebarme unos mates "- le dijo al indio, antes de encerrarse en la
comandancia.
La luna llena era la de los malones
y su luz bañaba de plata los montecitos cercanos mientras Orquera repasaba sus
inútiles documentos. Cada tanto, alzaba la vista y se perdía en algún punto
lejano de sus pensamientos. Huircán, de pie frente al escritorio con la pava y
el mate, creía saber lo que le pasaba a ese hombre. La misma expresión
derrotada le había descubierto a Rondao, su cacique protector, cuando la maloca
del guerrero de la piedra azul a las tolderías de Masallé. Eran los ojos de un
hombre que conocía su destino, pero que su propia impotencia lo hacía
ineludible, obligándolo a entregarse sin lucha.
Huircán sabía que nada de esto era
bueno. Muy por el contrario, en los últimos días se había sentido asaltado por
la indescriptible sensación del wekufü, el espíritu de las cosas malas, que le
invadía el alma como una sombra. Noches atrás tuvo un sueño: vio una pampa
rastrillada en donde no quedaban caballos ni había ancestros para contar
historias; vio un inmenso desierto en donde Ngenechen
se había ido y olvidado a sus hijos, abandonándolos al wekufü que lo cubría
todo como un poncho oscuro.
Orquera, en su escritorio, parecía
haber tomado conciencia que toda su vida se vaporizaría en el aire de la noche,
aunque su cuerpo no muriera por un largo tiempo. Orquera descubrió esa noche la
verdad detrás de sus huecas palabras al gallego Molla, la debilidad de sus posturas
arrogantes y la evidente fragilidad con la que se deshacía su cargo oficial.
Orquera ya no era lo que pretendía de sí mismo.
-" Che
decime, Huircán: ¿a dónde es que se van ustedes los indios cuando se mueren?
".
El tono casi familiar del Comandante
sorprendió a Huircán, que quedó pensativo un instante, quieto como una piedra.
-"¿Los
guerreros? "- repreguntó, lento.
-" Los
guerreros, sí." - confirmó Orquera.
Otro segundo más pasó en la memoria
de Huircán.
-" Mapu
Cahuelo." - respondió.
Y por poco se le escapa una sonrisa.
El indio puede haber olvidado lo que es un caballo, lo que es andar descalzo y
hasta pronunciar su propio nombre, pero los años con el blanco no le habían
hecho perder el deseo del Mapu Cahuelo, eterna pradera verde donde pastan los
mejores pingos y a donde se disfruta de los más claros arroyos. Mapu Cahuelo,
el lugar donde vamos cuando se corta el tiento que ata a esta vida.
-"
Bueno...Mapu...Mapu...eso - intentó Orquera - No sé por qué, pero creo que hoy
va a haber muchos de los tuyos de visita por esos pagos."
Dicho esto, el comandante se levantó
de su escritorio, y salió al patio, donde se oían las voces nerviosas de las
mujeres y los llantos de los niños golpeando las puertas del Fuerte.
"Profundo
era el silencio que reinaba en la población, tan sólo interrumpido por el
aullido de los perros y el canto de los gallos. Cualquiera que, sin embargo,
hubiese tenido la curiosidad de subirse a la cumbre de las colinas que
circundan a Bahía Blanca, colocando su oído contra el suelo, habría percibido
un extraño temblor que se acercaba poco a poco. En el mismo instante en que la
luna nos ocultaba el último de sus rayos en el horizonte, tres mil indios con
sus alaridos atronadores abrazaban en un inmenso círculo de lanzas, coronando las
colinas, al pueblo de Bahía Blanca. Se precipitaron como un torrente sobre las
calles del pueblo...".Relato del
General Daniel Cerri, en "Recuerdos Militares" (1890).-
Huircán siguió cebándole mates al
coronel durante todo el tiempo que duró el malón. A través de las ventanas de
la comandancia, se percibía el resplandor dorado de los incendios y el
centelleo fugaz de los disparos. Las murallas de la Fortaleza Protectora
Argentina aislaban a Huircán, al comandante, a las mujeres y los niños
refugiados y al puñado de soldados harapientos, de la irrealidad lejana de la
batalla. Orquera había ordenado profesionalmente la defensa del Fuerte por si
éste era atacado, para luego encerrarse en su despacho junto al indio, al mate
y los papeles. El resto de los soldados combatía más allá de esas paredes, por
las calles, en los techos, a orillas del arroyo, en el descampado, a pie o a
caballo, donde fuera y como fuera que los haya encontrado el ataque.
Huircán oyó los gritos de los
hombres, el temblor de los galopes y el tronar de los fusiles, poco antes que
sonaran los tres cañonazos de alerta. Con sus ecos, el comandante Orquera se
desmoronó, y su llantó duró una batalla. Cuando recuperó su prestancia, la
Muerte ya no era una sinfonía de fulgores y estruendos, sino el pesado silencio
de la oscuridad en fuga.
Amanecía lento. El sol rojo de
sangre crepitaba al asomarse sobre el fuego de los ranchos. El pueblo todavía
estaba, pero no era el mismo. Ningún blanco festejaba la victoria, porque ésta
no se sentía. Algo en ellos se había ido cuando huyeron los indios.
De lejos, la
roca bajo el pino se ve como sangrando. El bloque grueso de piedra laja está
inclinado hacia el Noreste y cuando me acerco, me doy cuenta que el rojo sangre
es mitad reflejo de la tarde, mitad pintura en aeorosol. Se ve que a los
muchachos del barrio les gusta de declarar amores y odios en esa piedra y en la
gran placa de bronce que descansa sobre ella. Por ello hay que forzar un tanto
la vista para entender lo que dicen las letras en relieve: "Por esta calle los indios invadieron a Bahía Blanca el 19 de Mayo
de 1859, dispuestos a saquear e incendiar el pueblo. Homenaje a los soldados y
pobladores que derrotaron a Cafulcurá, Namuncurá y Canumil, salvando a Bahía
Blanca de la destrucción. Primer Centenario del Malón, 1859 - 19 de Mayo -
1959."
La pequeña plazoleta en donde se
levanta la piedra es un triángulo de lados semicurvos, formado por la calle
Florencio Sánchez y (precisamente) los dos brazos de la 19 de Mayo. Si
continuamos hacia el centro por esta última, tal vez podamos imaginar las
huellas de la maloca bajo el pavimento. Han pasado más de 140 años del ataque
ordenado por Calfucurá y llevado a cabo por su hijo Manuel y los principales
caciques. "Mañana tomaremos mate en
la plaza" les había prometido el jefe de la Federación de Salinas Grandes.
Han pasado más de 140 años de
aquel galope con tres mil voces ululantes que vedearon el Napostá y se
dirigieron con sus tacuaras de punta rumbo al comercio de Juanita Seguel. Doña
Juana era la viuda de Francisco Iturra y sabía mucho de indios, ya que esa
brava chilena había huido de la toldería apenas dos años antes, luego de casi
dos décadas de cautiverio. De su modesto almacén se decía que acumulaba las
armas de los milicos, pero acaso era sólo ella la depositaria del odio y el
despecho del mítico guerrero de la Piedra Azul. ¿Quién sabe?. El caso es que
una lucha encarnizada se libró allí, justo donde hoy se cruza la calle
Zelarrayán con la 19 de Mayo. Un cartel de chapa azul anuncia, desde la vereda,
la referencia histórica a "la casa
de comercio de Pío Iturra" (hijo de Juanita) y repetía más o menos las
palabras sobre la piedra calle arriba. Las letras blancas tampoco pueden leerse
bien, porque alguien se ocupó de arrojarle encima una generosa cantidad de
pintura negra. Pero la memoria se impone y en la vereda de enfrente, un coqueto
negocio de paredes celestes luce en su frente una pequeña chapa de bronce donde
dice: "En recuerdo del ultimo malón
que esa fecha dio origen al nombre de esta calle. Los descendientes de los
miembros de la "Legión Agrícola Militar" reponen la placa que en 1959
fuera colocada en esta esquina. Bahía Blanca, 19 de Mayo de 1859."
Ignoro qué
habrá pasado con la original, pero esta plaqueta sí que puede leerse bien: la
pintura de los tiempos aún no ha logrado alcanzarla.
En la puerta del Fuerte, el coronel
José Olegario Orquera supervisaba al puñado de hombres que cumplían sus
mandatos. Huircán, a su lado, se miraba los pies, cada año más cercanos. Frente
a ellos, el pisadero de adobe estaba siendo cubierto con paja recién cortada.
Una tras otra, destartaladas carretas se llegaban hasta allí, cargadas hasta el
tope con los doscientos cuerpos de los indios que la maloca había entregado.
Los hombres levantaban los cadáveres por piernas y brazos y tras un corto
envión, los dejaban caer pesadamente sobre la paja del pisadero.
Cuando la última carreta vació el
último cuerpo, Orquera ordenó encender el fuego. Tímidas llamas nacieron, se
agitaron levemente, rojiazules y sin prisa, rozaron la paja todavía húmeda,
danzaron sobre los guerreros muertos, pero sin poder abrasarlos. Inútil fue
arrojar más brasas aquí y allá, apilar más paja, mover los cuerpos. El fuego
frío, ardiendo sin llamas, se negaba a quemarlos. Un fétido humo brotó entonces
de la pira macabra, humo que fue espesándose hasta la solidez, humo que se
extendió sobre el pueblo perezosamente, como una nube densa y baja en la mañana
de otoño. Una hediondez de demonios flotó con la nube, filtrándose en cada
piedra y en cada grieta del adobe, penetrando el alma de los hombres.
"BAHÍA
BLANCA,MAYO 20 DE 1859"
"Habiendo varios vecinos de este
pueblo representado al infrascripto el desagrado con que se mira la pira en que
arden aún hasta este día en la plaza pública algunos cadáveres humanos,
aduciendo para ello varias y muy atendibles consideraciones: el infrascripto
como Presidente de la Corporación Municipal y previo acuerdo de los miembros
que le componen, tiene el honor de dirigirse a V.S. significándole que ella desea vivamente cese
aquel espectáculo que la parte culta de la población no acostumbrada a él no
puede presenciar sin horror".
"A elevar a V.S. esta perición con la
esperanza que no será desantendida, la Municipalidad cree estar en su derecho
como encargada por el mejor estado de la higiene pública, a la vez que por la
moralidad de las costumbres, a las cuales no puede menos que perjudicar en alto
grado el acto que reclama, como V.S. lo comprenderá fácilmente fijando la
atención sobre este punto".
"Dios guarde a V.S. muchos años."
Texto de la nota enviada por el Consejo
Municipal de Bahía Blanca al Comandante de la Fortaleza Protectora Argentina,
Coronel Don José Olegario Orquera.-
El indio de espinazo corvo estaba
parado medio paso atrás del Comandante. Miraba con ojos cansados más allá del
fuego y la mañana.
" Wekufü "- murmuraba
Huircán, parpadeando por el humo y recordando el nombre de lo maligno -
"Este humo, esta plaza con los muertos. Todo es Wekufü, huinca Orquera.
Wekufü empujado por el viento. Wekufü sobre los tuyos, sobre los míos y sobre
esta tierra."
Orquera parecía ajeno a todo.
Contemplaba inexpresivo el fuego que no crepitaba y los cuerpos que no ardían.
Huircán se sentó en el suelo con un
crujir de huesos y desató los lazos que sostenían sus botas de potro. Descalzo,
se dirigió al corral donde quedaban algunos caballos. Lentamente, como
recordando, se subió en pelo a un tostado retacón al que una vez le curó una
bichera. Supo que nadie, esa mañana, habría de notar su ausencia.
El viejo indio puso el sol a sus
espaldas y una piedra verde azul frente a sus ojos. Como un lucero tardío,
recordó su primer nombre. Y pensó lo que le contaría a Rondao cuando lo
encontrara en el Mapu Cahuelo.
Tras él, el comandante José Olegario
Orquera abandonó su puesto frente al pisadero, pues le lloraban los ojos por el
humo de los muertos.-
Imaginar "lo que
puede haber sido" en base a lo que la investigación histórica ha
comprobado, es de alguna manera, acercarnos a ella. No es inventar ni faltar a
la verdad, sino apelar a la fantasía para darle a quienes nos precedieron la
verdadera dimensión humana que se merecen. Es como en la vieja Fortaleza: están
las murallas, inapelables, pero también el adobe que se amasa para cubrir las
grietas.
En el difícil ayer de
nuestros pagos, en esta "tierra adentro" sembrada de sucesos tan cruentos como los que se recuerdan cada 19 de
Mayo, ensayar "hechos posibles" nos permitiría tal vez llegar a
comprender un pasado más intrincado y mucho más complejo que aquellos
simplistas enfrentamientos entre "blancos-buenos"
e "indios-malos"... o
viceversa.
De esa manera,
llegaremos algún día a despejar el humo de los muertos que acaso nubla la
visión de nuestra historia.
FIN.-
" Wekufü en el humo y la mañana "
19 de Mayo de 1859: el alba tras el
malón y una mirada a través de la ficción
BIBLIOGRAFIA
- Bengoa,
José: "Historia del pueblo
Mapuche" Ediciones Sur, Santiago, Chile (1985).
-
Comisión de Reafirmación Histórica de
Bahía Blanca - Boletín Nº 24;
-
Crespivalls, Antonio: "La Legión Agrícola Militar".
Biblioteca Rivadavia;
-
Chertudi, Susana: "Cultura Mapuche en la Argentina". Ministerio de Cultura
y Educación, Subsecretaria de Estado de Cultura, Instituto Nacional de
Antropología (1981).
-
Erize, Esteban: "Diccionario comentado Mapuche - Español /
Español - Mapuche". Cuadernos del Sur, Instituto de Humanidades,
Universidad Nacional del Sur (1960).
-
Exposición Biblioteca Nacional: "Gente de la Tierra: El Aporte Indígena
a la Identidad Nacional", Octubre de 1993;
-
García Enciso, Isaías José: "Tolderías, fuertes y fortines".
Biblioteca Rivadavia;
- General Daniel
Cerri: "
Recuerdos Militares ", publicados en el Diario "La Tribuna" de
Roberto J. Payró. Biblioteca
Rivadavia;
- Guardiola
Plubins, José: "Juanita Seguel, la heroína
olvidada" -. La Nueva Provincia, 2 de Enero de 1994;
-
Kuramochi, Yosuke: "Mitologia Mapuche". 1. ed. Ediciones Abya-Yala, Quito
(1991).
-
Lenz, Rudolf: "Estudios Araucanos". Imprenta Cervantes, Santiago de
Chile (1895 -1897).
-
Rimondi, Oscar: "El gran Malón" - La Nueva Provincia, 19 de Mayo de 1994;
-
Terrera, Guillermo Alfredo: "Caciques y Capitanejos en la Historia
Argentina". Biblioteca Rivadavia;
-
Waag, Elsa Maria: "Tres entidades "Wekufu" en la cultura
Mapuche" - Editorial
Universitaria de Buenos Aires (1982).
REFERENCIAS
EN INTERNET:
-
"Municipalidad de Bahía
Blanca": www2.bb.mun.gba.gov.ar
-
"La historia Bahiense, no
exclusivamente cronológica": www.bahiense.com
-
"Referencias Históricas en Bahía
Blanca": www.ingresando.com/zonas/bblanca/historica/
-
"Los Mapuches" - Fundación Chol
- Chol: www.cholchol.ch
"
Wekufü en el humo y la mañana "
19 de Mayo de 1859: el alba tras el
malón y una mirada a través de la ficción
Comentarios
Publicar un comentario