El Niño Eterno y la Cultura Adultescente en la Política Contemporánea
El concepto de “Niño Eterno” según Jacques Lacan
En la teoría psicoanalítica lacaniana, la infancia no se define por la edad biológica, sino por una posición subjetiva. Lacan distingue una “posición infantil” del sujeto, caracterizada por la dependencia de un Otro que se supone todopoderoso y responsable. En palabras del propio Lacan, *“la esencia de la posición infantil es ignorar la muerte prefiriendo el juego, sin consentir aún un saber sobre su división y decidiendo en cambio dividir o atormentar al Otro, haciéndole soportar su falta de goce... y haciéndolo responsable de ello”*. Es decir, el “niño eterno” es aquel sujeto que se niega a asumir su propia falta o castración simbólica, atribuyendo al Otro (figura parental, Estado, autoridad) la responsabilidad de su satisfacción y sus carencias.
Esta posición infantil puede persistir en la vida adulta. Lacan advierte que “no hay personas mayores”, aludiendo a una tendencia de nuestra época en la que se elimina la diferencia entre niño y adulto. Para el psicoanálisis, llegar a ser verdaderamente adulto no es simplemente cuestión de edad cronológica, sino de asumir una posición ética: responsabilizarse de su propio deseo, de su goce y de la falta estructural que nos constituye. En contraste, el “niño eterno” evade esa responsabilidad, quedando fijado en una relación de dependencia. Este concepto se vincula con lo que Lacan llamó el “niño generalizado”, una figura propia de la civilización contemporánea en la que el sujeto hiper-moderno permanece en una suerte de infancia permanente, irresponsable de su goce y reacio a los límites.
Lacan tomó la expresión “no hay personas mayores” de André Malraux para describir este fenómeno. Según la lectura lacaniana, en la era actual –marcada por el avance planetario de la ciencia y el discurso capitalista– se impone una simetría entre el niño y el adulto, borrando las antiguas distinciones. La figura paterna que encarnaba la Ley aparece “pulverizada”, y con ello los sujetos quedan entregados a un disfrute sin restricciones, semejante al del infante. Un verdadero adulto, propone Lacan, sería aquel capaz de hacerse responsable de su propio goce y de las consecuencias de sus actos, aceptando la falta (lo que Freud llamaba castración) como límite estructurante. El “niño eterno” representa el fracaso en dar ese paso hacia la madurez subjetiva.
Arquetipos de la inmadurez: Jung y el Puer Aeternus
Mucho antes de Lacan, otros pensadores señalaron la tendencia a la infantilización de la psique adulta. El psiquiatra suizo Carl G. Jung popularizó el término latino puer aeternus (“niño eterno”) para describir a ciertos adultos que emocionalmente permanecen adolescentes. Este arquetipo del “hombre-niño” (o su contraparte femenina puella aeterna) se caracteriza por llevar una “vida provisional”, temeroso de el compromiso y reacio a cualquier restricción. En palabras de Jung, el puer anhela libertad e independencia absolutas, “se opone a las fronteras y los límites impuestos”, y encuentra intolerable cualquier atadura. Popularmente, este patrón ha sido asociado al “síndrome de Peter Pan”, concepto acuñado por Dan Kiley para referirse a hombres que se niegan a crecer.
Jung subrayó que el arquetipo del niño eterno tiene también un aspecto positivo: simboliza la espontaneidad, creatividad y potencial de renovación (el “Niño Divino”). Sin embargo, su lado negativo es precisamente la fuga de la madurez: el puer aeternus se rehúsa a “afrontar los retos de la vida”, evita tomar decisiones adultas y espera que otros resuelvan sus problemas. Permanece en una posición narcisista y dependiente que, si persiste, obstaculiza el desarrollo pleno de la personalidad. Como contraparte a este arquetipo, Jung identifica la figura del senex (el “anciano sabio”), asociado a la disciplina, la responsabilidad y el realismo – justamente las cualidades que el puer eterno no integra.
Otros autores han explorado formas contemporáneas de este infantilismo adulto. La psicología social y la cultura popular reconocen que muchos individuos prolongan hábitos juveniles bien entrada la adultez: desde la postergación de responsabilidades familiares y laborales, hasta el consumo de entretenimiento y moda juvenil como núcleo de identidad. Estos comportamientos, si bien normalizados en la vida moderna, evocan el arquetipo junguiano del eterno adolescente que no “termina de crecer”.
La sociedad infantilizada: aportes de Baudrillard, Lipovetsky y Byung-Chul Han
Varios filósofos y sociólogos contemporáneos han señalado que la cultura posmoderna fomenta una regresión generalizada hacia actitudes juveniles o infantiles. El filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky, por ejemplo, describe la nuestra como una era de narcisismo colectivo y ética indolora, donde conceptos como sacrificio, disciplina o espera han perdido vigencia. En El crepúsculo del deber (1992) Lipovetsky observa que la sociedad hipermoderna rechaza el sufrimiento y la demora, y en su lugar exalta el hedonismo inmediato –lo que él denomina “felicidad light” o “ética sin dolor”– propia de un eterno presente adolescente. Este diagnóstico coincide con lo que vemos a diario: una cultura de la inmediatez, la diversión y el consumo instantáneo, más preocupada por el bienestar personal inmediato que por asumir responsabilidades a largo plazo. La consecuencia, advierte Lipovetsky, es una cierta “infantilización” de las masas: adultos que buscan gratificación constante y evitan las incomodidades propias de la madurez (compromisos estables, esfuerzo sostenido, responsabilidades cívicas).
En sintonía con esto, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe la sociedad contemporánea como una “sociedad del cansancio” y de la “transparencia”, habitada por sujetos narcisistas y autoexplotados. Han señala que en la época neoliberal se ha abolido gran parte de la negatividad (límites, prohibiciones, rituales de paso) que antes estructuraban la vida colectiva. Al desaparecer esos rituales de iniciación y figuras de autoridad, las personas quedan liberadas para perseguir el rendimiento y el placer sin freno, pero paradójicamente terminan agotadas y vacías. En La agonía del Eros, Han afirma que “muchos de nosotros nos hemos convertido en narcisistas”, absortos en el reflejo de nosotros mismos. Este narcisismo masivo es otra cara del infantilismo social: al igual que un niño ensimismado, el individuo posmoderno se centra en su ego y sus deseos, perdiendo la capacidad de vincularse profundamente con el otro (eros agoniza) y de tolerar la frustración.
Asimismo, Han destaca cómo hemos pasado de una sociedad disciplinaria (regida por el “no debes”) a una sociedad del rendimiento en la que cada individuo se cree libre y auto-determinado, pero en realidad se presiona a sí mismo hasta el colapso. En términos psíquicos, esto se traduce en trastornos como depresión, ansiedad, burnout e incluso lo que él llama la “sociedad paliativa” donde se busca evitar a toda costa el dolor y lo negativo. Esta aversión general al displacer es, de nuevo, un rasgo típicamente infantil (el niño exige satisfacción inmediata y rechaza el malestar). De hecho, la época actual tiende a no tolerar la demora ni la incomodidad, configurando lo que se ha llamado una sociedad algófoba (temerosa del dolor). “El estilo de la época es maníaco”, se ha dicho, refiriendo el afán de estímulo constante y la hiperactividad sin reposo, y muestra de ello es la creciente incidencia de trastornos de atención e hiperactividad incluso entre adultos.
Por su parte, el sociólogo francés Jean Baudrillard ofreció una célebre metáfora de la infantilización general en su análisis de Disneyland. Baudrillard observa que Disneyland presenta un mundo imaginario “infantil” para hacer creer que los adultos están fuera, en el mundo real, ocultando que en realidad *“el verdadero infantilismo está en todas partes, es el infantilismo de los adultos que vienen a jugar a ser niños para convertir en ilusión su infantilismo real”*. En otras palabras, la cultura de masas provee espacios lúdicos y fantasías supuestamente “para niños” (dibujos animados, parques temáticos, videojuegos), que los adultos consumen ávidamente, disfrazando así su propia inmadurez. Según Baudrillard, el consumismo y el entretenimiento permanente han convertido a la sociedad entera en una especie de juego infantil gigantesco, donde los adultos fingen que sólo en esos recintos de fantasía son niños, negando que su comportamiento cotidiano también es profundamente pueril. Disneyland, dice irónicamente, existe para convencer a la gente de que el resto del mundo no es Disneyland –cuando de hecho la vida social entera se ha vuelto un parque temático consumista y superficial.
Del mismo modo, Baudrillard y otros teóricos de la posmodernidad señalaron la evaporación de los metarrelatos adultos (ideologías serias, proyectos históricos) y la supremacía de la cultura pop y la imagen, factores que tienden a infantilizar el discurso público. El adulto hiperconsumidor de hoy se mueve por impulsos inmediatos, caprichos (“intoxicación y capricho” asociados al puer, en contraposición a la razón y el orden del senex), lo cual encaja perfectamente con las necesidades del mercado. La publicidad y los medios alimentan esta mentalidad lúdica: se promete diversión instantánea, “sé tú mismo”, “no crezcas, es una trampa” – mensajes que refuerzan la perpetuación de la juventud como ideal. Como resume un editorial inspirado en estas ideas, *“una de las consecuencias del resquebrajamiento de la autoridad es la infantilización del adulto, el borramiento de las diferencias entre el niño y el adulto”*. Vemos así adultos que visten, hablan y se comportan como jóvenes (o incluso como niños), mientras niños y adolescentes acceden a roles, información y consumo propios de adultos; las dos tendencias son caras de la misma moneda cultural.
Adultescentes: la adolescencia prolongada como fenómeno cultural
El término “adultescente” (en inglés adultescent o kidult) ha surgido para describir a aquellos adultos que, en pleno rango de edad madura, se comportan como adolescentes. Fue el propio Gilles Lipovetsky quien popularizó este neologismo, refiriéndolo a *“aquellos adultos que conscientemente se resisten a superar la etapa adolescente”*. Se trata, típicamente, de personas entre los 20 y 50 años que adoptan estilos de vida juveniles: priorizan en exceso la apariencia física, el culto al cuerpo y la moda, buscan satisfacción instantánea en lugar de proyectos de largo plazo, evitan los compromisos definitivos (como matrimonio o hijos), se refugian en la cultura pop, los videojuegos, la fiesta, etc. – en resumen, posponen indefinidamente las responsabilidades clásicas de la vida adulta. Lipovetsky los describe como adultos en negación de la madurez, que rechazan los modelos tradicionales de adultez y prefieren *“permanecer perpetuamente jóvenes”*.
La adultescencia no es únicamente un fenómeno individual sino también un ideal promovido socialmente. En la cultura occidental actual abundan los ejemplos de glorificación de la juventud eterna: desde la industria cosmética y de cirugía estética (que venden la ilusión de no envejecer) hasta la imagen mediática de adultos “cool” e inmaduros que resulta simpática y aspiracional. Series de televisión, películas y publicidad retratan a menudo a hombres y mujeres de treinta y tantos o cuarenta y tantos viviendo como si tuvieran veinte –valorados por su espontaneidad infantil, su despreocupación– mientras la figura del adulto “serio” aparece como aburrida o represiva. La consigna es “los 40 son los nuevos 20”, reforzando la idea de que debemos comportarnos y consumir como lo haría un joven, sin importar la edad. Para Lipovetsky, este fenómeno forma parte de la hipermodernidad, donde “hay un empuje a ser perpetuamente joven” y el individuo hiperconsumista “desinstitucionalizado” se desprende de los antiguos ritos de paso que marcaban la entrada en la edad adulta.
Cabría matizar que ser juvenil de espíritu no es en sí algo negativo – implica flexibilidad, adaptabilidad y apertura mental. Sin embargo, la crítica al adultescente radica en su falta de asunción de las obligaciones inherentes a la adultez. Este “adulto-niño” suele evitar decisiones difíciles y sacrificios; vive en una prolongación de la despreocupación juvenil sostenida por la comodidad que le proveen (muchas veces) sus padres u otras estructuras. De hecho, fenómenos como el de la “generación boomerang” (jóvenes adultos que regresan a vivir con sus padres y dependen económicamente de ellos) ilustran cómo las líneas entre adolescencia y madurez se desdibujan. La cultura adultescente también se refleja en el consumo: mercados enteros están dedicados a los “kidults”, desde coleccionables y juguetes para adultos (cómics, figuras de acción, videojuegos retro), hasta viajes y festivales orientados a revivir la juventud. En el terreno laboral, se valora la informalidad y la creatividad “juvenil”, mientras decrece la valoración de la experiencia asociada a la edad. Todo esto refuerza la norma cultural de “ser joven siempre”, alineada con el individualismo hedonista que analizan Lipovetsky y otros pensadores.
En pocas palabras, el adultescente es la realización concreta del niño eterno en la esfera sociocultural: un adulto cronológico que no abandona la subjetividad adolescente. Esta figura puede interpretarse como síntoma de una sociedad que ha perdido los ritos e incentivos para crecer. Como indica Lacan al contraponer personas mayores versus posición infantil, la verdadera adultez implica una transformación subjetiva – una aceptación de la falta, de la ley simbólica y de la responsabilidad ética. El adultescent evita (o retrasa indefinidamente) tal transformación. En términos freudianos, podríamos decir que permanece fijado en etapas previas del desarrollo, bajo el principio del placer inmediato más que el principio de realidad.
Comunicación política e infantilización de las masas
Una de las consecuencias más preocupantes de la infantilización general de la sociedad es su impacto en la esfera política. Diversos analistas han señalado que la comunicación política contemporánea a menudo trata al público “como a niños”, empleando mensajes simplificados, emocionales y maniqueos como táctica de persuasión y control. Se recurre a eslóganes reduccionistas, promesas fáciles de digerir y narrativas de buenos contra malos – recursos que resuenan más con la mentalidad infantil (que piensa en términos absolutos y concretos) que con un ciudadano crítico adulto capaz de matices.
Ejemplos de esta infantilización del electorado abundan en campañas recientes. Un caso citado en España fue la campaña de las elecciones madrileñas de 2021, donde los partidos enarbolaron consignas extremas del tipo “Comunismo o Libertad” vs. “Fascismo” para demonizar al adversario. Un columnista señalaba que, en realidad, ningún votante serio creía que estuviera en juego ni la instauración de una dictadura comunista ni un régimen fascista tras esos comicios, y sin embargo los políticos insistían en ese relato apocalíptico. “¿Por qué nos toman por bobos, por qué esta infantilización del ciudadano...?”, pregunta dicho analista, denunciando la sobreactuación y simplismo deliberados de los estrategas electorales. Sabe que esas tácticas de miedo –presentar la elección como un cuento de niños donde el lobo feroz (el oponente) viene a devorarnos– buscan movilizar al votante mediante emociones primitivas, no mediante un debate racional. Se apela a reflejos casi infantiles: el miedo al “coco” comunista o fascista, la promesa de que “papá Estado” te salvará del monstruo si votas bien. Esta retórica reduccionista infantiliza al público, asumiendo (cínicamente) que responde mejor a consignas simples que a análisis complejos de políticas públicas.
En otras latitudes se observa un fenómeno similar. Muchas campañas populistas –tanto de derecha como de izquierda– se basan en eslóganes elementales y emotivos, repetidos machaconamente como si de una lección para niños se tratara. La exitosa campaña del Brexit en el Reino Unido, por ejemplo, se apoyó en frases como “Take back control” (“Recupera el control”) o en la promesa simplista de que el dinero enviado a la UE se destinaría a salud nacional – mensajes directos, fáciles de memorizar, que evitaban las complejidades reales del asunto. En Estados Unidos, el estilo comunicativo de líderes como Donald Trump ha sido frecuentemente descrito en términos de simplicidad infantil: estudios lingüísticos encontraron que Trump se expresaba públicamente con un vocabulario y gramática correspondientes a un nivel de primaria (4º grado, el más bajo de los últimos 15 presidentes). Su discurso deliberadamente básico, lleno de repeticiones, frases cortas y apodos («muy, muy mal», «tremendo», «los malos hombres») parecía dirigido a una comprensión casi de niño. Esta simplificación extrema, junto con la apelación constante a emociones viscerales (ira, orgullo nacionalista, miedo al extranjero presentado casi como el “hombre del saco”), forma parte de una estrategia populista efectiva: movilizar a las masas sin pasar por el filtro de la razón adulta. Como señala un análisis, por múltiples métricas Trump usaba un lenguaje “significativamente más simple y menos diverso” que cualquiera de sus antecesores, lo cual le permitía conectar con un electorado amplio en un nivel primal. En términos figurados, les hablaba como un padre airado regañando a niños traviesos o contándoles un cuento sencillo donde él era el héroe protector y otros eran villanos.
Otra manifestación de la comunicación infantilizante es el tono paternalista que adoptan algunos gobernantes, presentándose explícitamente como la figura del “padre” del pueblo. En regímenes autoritarios del siglo XX era común que el líder se llamara a sí mismo “Padre de la Patria” y tratara a la ciudadanía como hijos obedientes que debían confianza y lealtad ciega. Hoy en día, en democracias formales, esa dinámica persiste de forma más sutil: se simplifican deliberadamente los problemas complejos, se edulcora la realidad o se oculta información difícil, con la excusa tácita de que “la gente no entendería” o “es por su propio bien”. Esto refleja la misma lógica de un adulto que no habla con honestidad a un niño para no inquietarlo. Por ejemplo, durante la pandemia de COVID-19 se criticó en algunos países que las autoridades dieran mensajes contradictorios o exageradamente tranquilizadores, tratándonos “como niños” incapaces de afrontar la verdad; o en campañas económicas donde se promete “magia” (impuestos que bajan y gasto público que sube sin consecuencias) como si se le contara un cuento a un menor para contentarlo.
La infantilización política también se observa en el estilo de propaganda visual. Es frecuente el uso de gráficas tipo comic, memes simplones, jingles pegadizos y mascotes caricaturescas en campañas electorales, reduciendo la contienda a elementos lúdicos. Si bien esto puede considerarse parte del marketing moderno, no deja de implicar un tratamiento del ciudadano como un consumidor impulsivo más que como un votante reflexivo. Se busca cautivar su atención del mismo modo en que se cautiva a un niño con dibujos animados. Un caso anecdótico: en cierto país, un spot gubernamental explicaba la elaboración del presupuesto nacional mediante muñequitos animados y voces infantiles, recibiendo críticas por trivializar un asunto serio en vez de fomentar una ciudadanía informada.
En conclusión, la comunicación política actual a menudo “habla hacia abajo” al público, condescendiendo en su nivel de discurso. Esta estrategia de simplificar y emocionar guarda relación directa con la figura del “adultescente colectivo”: unas masas que han sido acostumbradas –por el sistema educativo, los medios y la cultura de consumo– a respuestas inmediatas y relatos simples, como niños grandes. Ya lo advertía Hannah Arendt, citada por algunos autores: el totalitarismo fue posible, en parte, gracias a la infantilización de las sociedades, donde amplios grupos renunciaron a pensar por sí mismos esperando soluciones mágicas de líderes paternalistas. Sin llegar a extremos totalitarios, en las democracias de mercado actuales se ve una tendencia a la puerilización del debate público: se privilegian las emociones sobre los datos, la imagen sobre la sustancia y la lealtad de grupo sobre el juicio crítico. Ello crea un terreno fértil para la dominación simbólica: un electorado tratado como menor de edad es más manipulable, tal como un niño confiado es presa fácil de engaño.
No obstante, conviene señalar que cada vez más ciudadanos toman conciencia de estas tácticas. Así como muchos se resisten a ser “hablados como a niños”, surgen movimientos que exigen madurez y honestidad en la política. La alfabetización mediática, la educación crítica y la experiencia compartida pueden contrarrestar la tendencia a la infantilización. En última instancia, crecer –tanto a nivel individual como colectivo– implica asumir verdades complejas, tolerar la incertidumbre y participar activamente en las decisiones, en lugar de delegar nuestro destino en figuras parentales imaginarias. Recuperar un diálogo político “adulto” sería una vía de emancipación frente a las estrategias de manipulación masiva. Como escribió el psicoanalista Éric Laurent, *“la adultez no es un punto de llegada fijo; en cada sujeto siempre habrá algo de infantil, pero hacerse realmente mayor implica responsabilizarse de ese núcleo infantil”*. Aplicado a la sociedad, esto significaría reconocer nuestras tendencias infantiles (el deseo de respuestas fáciles, de líderes providenciales, de esquivar responsabilidades) y, a pesar de ellas, ejercer una ciudadanía lúcida y responsable. Solo así podremos romper el hechizo del Niño Eterno que, de lo contrario, nos seguirá gobernando con mano suave pero férrea desde las sombras de nuestra propia psiquis.
Fuentes consultadas: Jacques Lacan (Alocución sobre las psicosis en el niño, 1967), Carl G. Jung (arquetipo Puer Aeternus), Dan Kiley (El síndrome de Peter Pan, 1983), Gilles Lipovetsky (La era del vacío, El crepúsculo del deber), Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, La agonía del Eros), Jean Baudrillard (Cultura y simulacro), entre otros. Citas textuales: Lacan, Jung (vía Wikipedia), Lipovetsky, Han, Baudrillard, análisis periodístico, estudio de discurso político, editorial psicoanalítico. Estas referencias ilustran y respaldan los puntos expuestos a lo largo del informe.
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